no les quedaba otra salida. “Y cómo salió ganando en la discusión porque Waldeman desapareció. Bueno, pues Henny se encargó de él; le pegó un tiro una noche y lo enterró, y yo lo vi. Grover era un tipo de cuidado por entonces, un hombre duro con el que meterse, así que no intenté sacar nada en limpio de lo que sabía”.
“Pero después de que se hizo mayor y más rico se ablandó —a muchos hombres les pasa eso— y debió de empezar a preocuparse por ello; porque cuando me lo tropecé en Nueva York por casualidad hace unos cuatro años, no tardé mucho en darme cuenta de que estaba bastante domesticado, y me dijo que no había sido capaz de olvidar la expresión del rostro de Waldeman cuando le metió un tiro”.
—Así que me arriesgué y le pedí un par de miles a Henny. Los conseguí sin problema, y a partir de ahí, cada vez que andaba sin blanca, iba a verle o le mandaba recado, y él siempre aflojaba. Pero tuve cuidado de no apretarle demasiado las tuercas. Sabía la fiera que era en los viejos tiempos, y no quería empujarle a desatarse otra vez.
“Pero eso fue lo que hice al final. Le llamé el viernes para decirle que necesitaba dinero y él dijo que me llamaría para avisarme dónde vernos la noche siguiente. Llamó hacia las nueve y media de la noche del sábado y me dijo que fuera a la casa. Así que fui para allá y él me estaba esperando en el porche, me llevó arriba y me dio los diez dieces. Le dije que esta era la última vez que le iba a molestar —siempre le decía eso—, eso tenía un buen efecto en él.
“Naturalmente quería pirarme tan pronto como tuve el dinero, pero debió de entrarle como la vena charlatana por una vez, porque me retuvo allí durante media hora más o menos, dándome la tabarra sobre hombres que solíamos conocer allá arriba en la provincia.