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VI. “¡Esos malditos cuernos!”

“¡Esos malditos cuernos!”

¡Semiconsciencia! Me descubrí a mí mismo manteniéndome a flote mecánicamente de algún modo y tratando de quitarme el abrigo.

La nuca me latía de un modo diabólico. Me arden los ojos. Me sentía pesado y empapado, como si hubiera tragado galones de agua.

La niebla pendía baja y espesa sobre el agua; no se veía nada más en ninguna parte. Para cuando hube logrado librarme del estorboso abrigo, la cabeza se me había despejado un tanto, pero con el regreso de la consciencia llegó un dolor más intenso.

Una luz brilló difusamente a mi izquierda y luego se desvaneció.

Desde el manto neblinoso, en todas direcciones, en una docena de tonalidades distintas, de cerca y de lejos, sonaron las sirenas de niebla. Dejé de nadar y floté boca arriba, intentando determinar mi paradero.

Al cabo de un rato distinguí los lamentos, los ululatos rítmicos de la sirena de Alcatraz. Pero no me decían nada. Me llegaban de entre la niebla sin dirección fija; parecía que se abatían sobre mí desde lo más alto.

Me encontraba en algún lugar de la bahía de San Francisco, y eso era todo lo que sabía, aunque sospechaba que la corriente me arrastraba hacia el puente Golden Gate.

Pasó un rato, y supe que había abandonado la ruta de los transbordadores de Oakland; hacía ya un tiempo que ningún barco pasaba cerca de mí. Me alegré de estar fuera de ese trayecto. Con esta niebla, era mucho más probable que un barco me atropellara a que me rescatara.

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