No tuvimos éxito en averiguar dónde habían vivido los Dexter antes de venir a San Francisco, pero tampoco es que nos interesara tanto su vida pasada. Por supuesto, cabía la posibilidad de que algún viejo amante hubiera aparecido en escena recientemente; pero en ese caso habría sido más fácil encontrar la conexión reciente que la antigua.
No cabía duda, según demostraban nuestras exploraciones, de que el hijo de Gantvoort había tenido razón al pensar que los Dexter eran unos cazafortunas. Todas sus actividades apuntaban a eso, aunque en sus pasados no parecía haber nada abiertamente criminal.
Me enfrenté a Creda Dexter de nuevo, pasándome una tarde entera en su apartamento, acribillándola a preguntas, todas dirigidas hacia sus antiguos amoríos. ¿A quién había abandonado por Gantvoort y su millón y medio? Y la respuesta era siempre que a nadie, una respuesta que no quise creer.
Tuvimos a Creda Dexter vigilada día y noche, y no avanzamos ni una sola pulgada. Tal vez sospechaba que la estaban vigilando. De todos modos, rara vez salía de su apartamento, y aun así solo para hacer los recados más inocentes. Mantuvimos su apartamento vigilado estuviera ella en él o no. Nadie la visitó. Interceptamos su teléfono, y todas nuestras escuchas no nos sirvieron de nada. Pusimos su correspondencia bajo vigilancia, y no recibió ni una sola carta, ni siquiera un anuncio.
Mientras tanto, habíamos averiguado de dónde procedían los tres recortes encontrados en la cartera: de las secciones de anuncios por palabras de un periódico de Nueva York, uno de Chicago y uno de Portland. El del periódico de Portland había aparecido dos días antes del asesinato, el de Chicago cuatro días antes, y el de Nueva York cinco días antes. Los tres periódicos habrían estado en los quioscos de San Francisco el día del asesinato, listos para ser comprados y recortados por cualquiera que estuviera buscando material con el que confundir a los detectives.