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nydus/The Art of WarPublic
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Capítulo IX. EL EJÉRCITO EN MARCHA

temo es que los hombres de Yen desentierren las tumbas ancestrales fuera de la ciudad, y al infligir esta indignidad a nuestros antepasados hagan que desmayemos de valor». De inmediato, los sitiadores desenterraron todas las tumbas y quemaron los cadáveres que yacían en ellas. Y los habitantes de Chi-mo, presenciando la afrenta desde las murallas de la ciudad, lloraron con pasión y estaban todos impacientes por salir y combatir, viéndose su furia incrementada por diez. T’ien Tan supo entonces que sus soldados estaban dispuestos para cualquier empresa. Pero en lugar de una espada, él mismo tomó un azadón en sus manos, y ordenó que se distribuyeran otros entre sus mejores guerreros, mientras las filas se completaban con sus esposas y concubinas. Entonces repartió todas las raciones restantes y ordenó a sus hombres que comieran hasta hartarse. A los soldados regulares se les dijo que se mantuvieran fuera de la vista, y las murallas fueron guarnecidas por los hombres ancianos y más débiles y por mujeres. Hecho esto, se enviaron emisarios al campamento del enemigo para pactar los términos de la rendición, con lo cual el ejército de Yen rompió en gritos de alegría. T’ien Tan también recaudó 20 000 onzas de plata de la gente, y consiguió que los ciudadanos acaudalados de Chi-mo se la enviaran al general de Yen con la súplica de que, cuando la ciudad capitulara, no permitiera que sus hogares fueran saqueados ni sus mujeres maltratadas. Ch’i Chieh, de excelente humor, acogió su súplica; pero su ejército se volvió desde entonces cada vez más negligente y descuidado. Mientras tanto, T’ien Tan reunió mil bueyes, los atavió con trozos de seda roja, pintó sus cuerpos, a modo de dragones, con listas de colores, y fijó hojas afiladas en sus cornamentas y juncos bien engrasados en sus colas. Al llegar la noche, encendió los extremos de los juncos y condujo a los bueyes a través de una serie de agujeros que había abierto en las murallas, respaldándolos con una fuerza de 5000 guerreros seleccionados. Los animales, enloquecidos por el dolor, se precipitaron furiosos en el campamento enemigo, donde causaron la mayor confusión y consternación; pues sus colas actuaban como antorchas, dejando ver el espantoso patrón en sus

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