Aquellos que tienen que dirigir un ejército y concebir estratagemas deben aprender el arte de la guerra. Pero si uno puede contar con los servicios de un buen general como Sun Tzŭ, quien fue empleado por Wu Tzŭ-hsu, no hay necesidad de aprenderlo uno mismo. De ahí la acotación añadida por Confucio: "Si lucho, conquisto".
Los hombres de la actualidad, sin embargo, interpretan voluntariamente estas palabras de Confucio en su sentido más estrecho, como si quisiera decir que los libros sobre el arte de la guerra no vale la pena leerlos. Con ciega persistencia, aducen el ejemplo de Chao Kua, quien devoró los libros de su padre sin ningún propósito, [67] como prueba de que toda teoría militar es inútil.
Asimismo, al ver que los libros sobre la guerra tienen que ver con asuntos como el oportunismo en el diseño de planes y la conversión de espías, sostienen que el arte es inmoral y no digno de un sabio. Estas personas ignoran el hecho de que los estudios de nuestros eruditos y la administración civil de nuestros funcionarios también requieren una aplicación y práctica constantes antes de alcanzar la eficiencia. Los antiguos eran particularmente reacios a permitir que meros novatos chapucearan en su labor. [68]
Las armas son funestas [70] y el combate peligroso; a menos que un general esté en constante práctica, no debe arriesgar la vida de otros hombres en la batalla. [70]
De ahí que sea fundamental estudiar los 13 capítulos de Sun Tzŭ.
Hsiang Liang solía instruir a su sobrino Chi [71] en el arte de la guerra. Chi se hizo una idea general de los rudimentos de este arte, pero no quiso proseguir sus estudios hasta su debido término, lo que trajo como consecuencia que al final fuera derrotado y derrocado. No se dio cuenta de que las astucias y los artificios de la guerra escapan al cálculo verbal.