Declaración de Paul Harrison
Me hallaba en África cuando me llegó la noticia de la muerte de mi padre. El trabajo en el que estaba ocupado estaba casi terminado, y enseguida hice los preparativos para entregar las partes finales de la tarea y regresar a Inglaterra. Me llevó un poco de tiempo solucionar todo esto y organizar mi viaje a la costa, y no fue hasta el 6 de enero de 1930 cuando llegué a Londres.
Desde el momento en que oí la causa de la muerte que se le atribuía, estuve convencido de que no había tenido nada de accidental. El conocimiento experto de los hongos que poseía mi padre era muy vasto; y era un hombre de una precisión casi exagerada en asuntos de esta índole. Me resultaba del todo increíble que jamás hubiera podido confundir un ejemplar de Amanita muscaria con Amanita rubescens, ni siquiera durante la recolección; y mucho menos que hubiera podido pelar y preparar el hongo para su consumo sin notar la diferencia. Para el jurado forense medio, acostumbrado a tratar con escolares y excursionistas, semejante error sin duda parecería perfectamente natural; pero mi padre no era más propenso a tomar la Muscaria por la Rubescens que a tomar un trozo de hierro fundido por una pieza de acero templado. Inmediatamente descarté por completo la idea del accidente. Me quedaban dos posibilidades por investigar. O bien mi padre, en su abnegado sacrificio por la mujer inútil con la que se había casado, se había quitado la vida mediante un método doloroso que aparentaría ser un accidente y disiparía así toda sospecha; o bien había sido asesinado. En cualquiera de los dos casos, yo estaba decidido a que esa mujer no sacara provecho del crimen que había provocado.