—No estás lo suficientemente al día —dijo Waters—. Les gustan sus fórmulas bien calientes, descubrimientos de última hora.
—Pues en verdad que lo son —dijo Perry—. Fíjate en Stingo aquí presente. Les dice que si dos personas no aptas se casan, su ineptitud recaerá sobre sus hijos hasta la tercera y cuarta generación, tras lo cual probablemente se extinguirán por pura degeneración. Llevamos diciéndoles eso tres o cuatro mil años, y Matthews apenas acaba de alcanzarnos. De hecho, ustedes están de nuestro lado. Si les dicen esas cosas, tal vez terminen por creer en ellas.
—¿Y posiblemente actuar en consecuencia, cree usted? —dijo Matthews—. Pero tenemos que hacer todo el trabajo por ellos, tal como ustedes tienen que hacer la vida piadosa.
—Eso no es del todo cierto —dijo Perry.
“Bastante cerca. Pero avanzamos un poco más rápido, porque podemos dar razones para las cosas. Muéstrame un germen, y te diré cómo librarte de la peste o del cólera. Llámalo juicio del cielo por el pecado, y lo único que puedes hacer es resignarte ante ello”.
—Pero sin duda —intervino el vicario—, las Escrituras nos advierten expresamente que no debemos calificar los acontecimientos como castigos por el pecado. ¿Qué hay de aquellos dieciocho sobre los que cayó la torre de Siloé?
—Si fue el pecado de alguien —dijo Perry—, probablemente fue la negligencia de las personas que construyeron la torre.
“Y por lo general es un pecado que acaba descubriendo al culpable —añadió Waters—. Por desgracia, el pecador no siempre es la víctima”.
—¿Por qué habría de serlo? —dijo Matthews—. La naturaleza no actúa según un esquema de justicia poética.