Declaración de John Munting
[Porción adicional y final.]
Este maldito asunto de Lathom.
La gente escribe libros sobre asesinatos, y a los simpáticos jóvenes y jovencitas de esas historias les divierte el trabajo de investigar. Es un buen juego y me gusta leer esos libros.
Pero las emociones de esa simpática gente joven están tan bien reguladas, o son tan rutinarias, o algo así. No se sienten como gusanos ni pierden el apetito cuando consiguen arrancarle una confesión incriminatoria a un amigo. No parece que sufran ataques de terror nauseabundo por miedo a descubrir algo definitivo.
Tampoco, mientras luchan con estas ímprobas miserias, tienen nunca que cumplir contratos con editores. A veces se sienten llenos de una severa tristeza; un sentimiento simpático, a lo Bruto. Envidio sus nervios.
Mis nervios fallaron más o menos por la época de nuestra visita a St. Anthony’s. Sentí una especie de placer histérico al señalar que no teníamos pruebas del asesinato. No quería pruebas. No quería saber. Era como escribir una de esas cartas horribles que exigen una respuesta definitiva en un sentido u otro. La echas al buzón y esperas, y sabes que una mañana verás la letra de tu corresponsal en un sobre, y te sentirás tan hueco como un trozo de bambú. Y esperas. No llega nada.