Si así fuera, y si se pudiera rastrear la venta hasta Lathom, habría pruebas genuinas de intención criminal. ¿Por qué razón inocente podría un artista necesitar muscarina?
Las dificultades del asunto me saltaban a la vista.
Aun si la muscarina se pudiera conseguir comercialmente (lo que consideraba muy improbable, pues, hasta donde sé, no tiene ningún uso medicinal), me era imposible, como ciudadano particular, lanzar una investigación entre todos los farmacéuticos del país.
Solo la policía podía hacer eso, y yo no podía poner a trabajar a la policía sin aportar precisamente la prueba que era el objeto de la búsqueda.
No solo estaban los farmacéuticos; también estaban todos los laboratorios de investigación.
El asunto parecía desesperado.
Llegados a este punto, la palabra «laboratorios» resonó en mi mente. ¿No había algo en la correspondencia de Munting acerca de un laboratorio?
No había prestado mucha atención al pasaje cuando lo leí por primera vez, porque mi mente había estado ocupada con la idea de que Lathom hubiera recogido el hongo en el lugar de los hechos.
Y, en efecto, los hechos habían quedado tan sepultados bajo una gran cantidad de palabrería vaga sobre el origen de la vida y otras especulaciones fútiles de estilo muntinguesco que había pasado las páginas por alto con repugnancia; pero cuando volví la vista hacia la carta, me maldije por no haberle prestado antes una atención más detenida.
Dos hechos emergieron con absoluta claridad del cúmulo de disparates circundantes: