O podemos lograr que un hongo vivo lo haga por nosotros, como el moho azul, que se alimentará y destruirá la mitad dextrógira de la forma racémica del ácido paratartárico y dejará intacta la mitad levógira, que es la mitad artificial, hecha en el laboratorio.
Pero no podemos, mediante un único proceso mecánico de laboratorio, convertir un compuesto inorgánico, inactivo y simétrico en un único compuesto asimétrico y ópticamente activo; y eso es lo que la materia viva hace alegremente, día tras día.
Waters terminó su exposición con un golpecito seco de puño en la mesa. Yo sabía qué era aquello. Era el golpe del cartero, que traía la respuesta a aquella carta mía.
Una horrible sensación de hundimiento en el plexo solar me advirtió que en muy pocos minutos tendría que hacer una pregunta. ¿Por qué tenía que hacerlo? El tema era remoto y difícil. Podía fingir fácilmente que no lo entendía.
Si de verdad había una diferencia entre el producto sintético y el natural, no era asunto mío investigarlo. Waters estaba cambiando de tema. Había vuelto al primer día de la creación. ¡Que lo cuelguen! ¡Que se quede allí!
“De modo que, como dijo el profesor Japp ya en 1898, «Los fenómenos de la estereoquímica apoyan la doctrina del vitalismo tal como la han revivido los fisiólogos más jóvenes, y apuntan a la existencia de una fuerza directiva, que entra en escena con la Vida misma y que, sin violar en modo alguno las leyes de la cinética de los átomos» —eso debería consolarle, Hoskyns— «determina el curso de su funcionamiento dentro del organismo vivo. Es decir, que en el momento en que surgió por primera vez la Vida, entró en juego una fuerza directiva, una fuerza de exactamente el mismo carácter que la que permite al operador inteligente, mediante el ejercicio de su voluntad, seleccionar un enantiomorfo cristalizado y rechazar su opuesto asimétrico». Aprendí ese