la muerte del pobre caballero, y las había tomado como una advertencia.
Coffin dijo que conocía a Mr. Lathom bastante bien de vista, habiéndoselo encontrado de vez en cuando en el pub tomándose una copa amistosa. Nunca le había visto en el bosque de Five-Acre más que una vez, y eso fue con Mr. Harrison, una semana más o menos antes de la muerte de este último. Su propio trabajo se había desarrollado en el Five-Acre y sus alrededores durante la primera quincena de octubre —estaba empleado por Mr. Carey; todas estas tierras de por aquí eran de Mr. Carey— y creía que habría visto a Mr. Lathom si hubiera venido allí solo en algún momento.
Tras agradecer y recompensar a Coffin, me dirigí a El Sarao.
Salvo por la retirada de la ropa de cama y otros objetos requeridos para la instrucción, estaba exactamente igual que como había quedado en el momento de la muerte.
El somier roto, con su terrible testimonio de la agonía mortal de mi pobre padre, seguía en un rincón del dormitorio.
Incluso los bártulos de pintura de Lathom yacían amontonados en un rincón. Supongo que se había olvidado de llevárselos.
Unos cuantos lienzos pintados toscamente al óleo contrastaban fuertemente con las delicadas acuarelas de mi padre, de las cuales encontré unas cuantas guardadas en un cajón.
El polvo se había acumulado densamente por todas partes.
Hice una búsqueda minuciosa en los estantes y en los cajones en busca de alguna nota o papel que pudiera arrojar luz sobre mi problema, pero no encontré nada salvo unas pocas facturas y la última carta que mi padre había recibido de mí. Había una o dos novelas, numerosas guías locales y