—Mire u’, señor. Es u’ caballero, y no quiero ser duro con un caballero cuyo probe padre se ha muerto de repente. Denos doscientas libras, y le dejaré sacar copias de eyos y Archie irá con u’ y las traerá de güelta.
—Las copias no valen tanto en un tribunal de justicia como los originales —dije.
—Se podría jurar que son esos —dijo la señora Cutts.
—A estas horas de la noche, no —dije.
El joven Archie se inclinó y le susurró algo a su madre. Ella asintió y esbozó su desagradable sonrisa.
—Mire usted, señor, me arriesgaré. Archie le llevará esas cartas a su hotel por la mañana y usted sacará copias y hará que las juren ante un abogado. No me atrevo a dárselas, de verdad que no me atrevo, señor. Ya estoy corriendo un grave riesgo tal como están las cosas para una mujer respetable.
—Muy bien —repliqué—. Pero las copias solo me valen cien libras a lo sumo.
—Está haciendo un trato muy difícil, señor.
—Es eso o nada —dije yo.
—Bueno, señor, si usted lo dice. Le mandaré a Archie a las diez en punto, señor.
Acepté esto y me alejé, feliz de poder marcharme. Estuve despierto toda la noche, imaginando que la señora Cutts iría a Lathom en el ínterin y conseguiría mejores condiciones con él.
Sin embargo, Archie estuvo allí con las cartas por la mañana tal como habíamos acordado, y lo llevé a él y a las cartas a la oficina de un abogado,