“Muy bien”. No se sacaba nada en limpio con discusiones. “Dile a tu madre que intentaré buscar un tiempo para visitarla el viernes por la tarde”.
—Sí, señor. A las nueve le vendría mejor a mamá.
Pedí la cita para las nueve y le di al muchacho un chelín por las molestias. A las nueve de la noche del viernes me encontré llamando a una puerta destartalada en una calle larga y monótona de casas muy sórdidas. El muchacho de ojos de hurón me dejó entrar y vi, con considerable repugnancia, a mi antiguo conocido, sentado con cierta pompa ante una mesa redonda que sostenía una lámpara, una carpeta de lana y una Biblia familiar.
Me saludó con una inclinación de cabeza condescendiente, y el joven se retiró.
—Bueno, mire —dije—, señora Cutts, usted me ha pedido que venga a verla, y espero que no me esté haciendo perder el tiempo, porque soy un hombre muy ocupado.
Este desesperado esfuerzo por establecer mi dignidad no le causó ninguna impresión.
—Eso le corresponde decirlo a usted, señor —dijo ella—. Yo no pretendía incomodarle. Soy una mujer respetable, gracias a Dios, y sé mantenerme en mi posición con mucho esfuerzo, y jamás he tenido ninguna queja. No es que no estuviera dispuesta a complacer a un caballero si requiriese mis servicios, pues no soy demasiado orgullosa para hacer un favor.
—Muy cierto —dije—, y si puede hacer el trabajo que necesito, me encargaré de que valga la pena.
—¿Qué clase de trabajo estaba pensando, señor?