Me vi, por lo tanto, obligado a concluir que el veneno se había añadido al caldo de carne en el que se habían guisado los hongos. Cualquier otra cosa habría sido peligrosa, pues la presencia de muscarina en, digamos, la sal o el café habría sido una circunstancia tan sospechosa como para impresionar incluso al jurado del forense.
No había nada difícil en esto. El caldo se habría preparado con la entrega de morcillo de ternera del lunes.
Era costumbre de mi padre tener siempre una cacerola de caldo a fuego lento en los fogones. Para el jueves por la mañana probablemente quedaría justo lo suficiente para cocinar su cena, tras lo cual herviría la nueva provisión de morcillo para el resto de la semana.
Ahora bien, ¿en qué forma se habría añadido el veneno?
- No en forma sólida, pues mi padre habría notado la presencia de hongos en su caldo.
- Pero una taza de té llena de líquido venenoso podría haberse vertido fácilmente en cualquier momento.
Volví, por lo tanto, a mi idea anterior de que Lathom se las había arreglado para conseguir la Amanita muscaria y decantar el veneno durante la ausencia de mi padre en la choza.
Pero cómo iba a demostrar jamás semejante cosa, no lo sabía. Tenía abundantes pruebas de motivo y oportunidad, pero nada que pudiera situar el crimen más allá de toda duda razonable en las mentes de doce honrados y fieles miembros del jurado. Y además, yo no estaba en absoluto convencido de la capacidad de Lathom para identificar la Amanita muscaria con certeza. ¿No existía un método más sencillo y fiable con el que pudiera haber conseguido la sustancia? ¿Era posible, por ejemplo, comprar muscarina?