Temía que volviera a la dificilísima cuestión de cómo te enteraste de la intriga. No quería hablarle de las cartas, que me habías enseñado más o menos en confianza, y sin embargo me sentía un completo canalla por no haberle advertido del peligro que corría.
Me parecía abominable haber escuchado tales sospechas contra un hombre sin darle la oportunidad de exculparse. Afortunadamente, abandonó este punto.
—¿Qué quiere el tipo ese? —continuó—. ¿Qué se cree que va a averiguar? Está bastante claro, ¿no?
—Bueno —dije—, a decir verdad, Lathom, cuando me puse a pensar en el asunto no pude evitar la sospecha de que...
—¡Sospechar! Dios mío, ya tienes tus malditas sospechas ahora. ¿Qué diablos sospechas?
—No pude evitar sospechar —proseguí, con la mayor firmeza posible— que el viejo Harrison se había enterado de algo y se había suicidado.
—¡Oh! —dijo Lathom—. Bien, ¿y qué si lo hizo? El hombre era un ⸻ (una palabra que les ahorraré). Lo mejor que podía hacer era largarse de un sitio donde no lo querían. Qué gran alivio, maldita sea. Menos mal si le dio la cabeza para verlo.
—Eso es algo bastante despreciable de decir, Lathom.
“No seas tan maldito hipócrita.”
—Lo digo en serio —dije—. Te estás comportando como un cerdo redomado. Harrison fue maldita y debidamente bueno contigo, y parece que crees que, simplemente porque puedes pintar mejor que él, tienes plena justificación para seducir a su mujer, aceptar luego su hospitalidad y empujarle al suicidio.