En un momento el desconocido se había ido, y la familia St. Peter se sentó y se miró los unos a los otros. Él recordaba exactamente lo que su mujer había dicho en aquella ocasión.
—Bueno, esto sí que es algo nuevo en los estudiantes, Godfrey. Invitamos a almorzar a un pobre chico vagabundo y sudoroso, para que ahorre sus centavos, y se marcha dejando regalos principescos.
Sí, reflexionó el Profesor, después de todos esos años, eso seguía siendo verdad. Tipos como Outland no llevan mucho equipaje, pero una de las cosas por las que uno los reconoce es por su suntuosa generosidad; y cuando se han ido, todo lo que se puede decir de ellos es que se marcharon dejando regalos principescos.
Con un buen tutor, el joven Outland no tuvo ninguna dificultad para recuperar tres años de matemáticas en cuatro meses. El latín, confesaba, le había costado. Pero en matemáticas no tenía que trabajar, le bastaba con prestar atención. Su tutor nunca había visto nada igual.
Sin embargo, St. Peter mantenía al muchacho a distancia. Como joven profesor lleno de entusiasmo, lo habían engañado más de una vez. Sabía que lo maravilloso rara vez se sostiene, que la brillantez carece de fondo y que lo inusual se vuelve ordinario por una ley natural.
En aquellos primeros meses, la señora St. Peter vio a su protegido más que su marido. Le encontró una buena pensión, se ocupó de que tuviera ropa de verano adecuada y de que dejara de llamarla «señora».
Iba a menudo a la casa aquel verano, a jugar con las niñas. Pasaba horas con ellas en el jardín, construyendo poblados hopi con arena y guijarros, dibujando en la gravilla mapas del Desierto Pintado y de la región del Río Grande, contándoles historias, cuando no había nadie cerca para escuchar, sobre las aventuras que había vivido con su amigo Roddy.