Esta dolorosa entrevista se prolongó durante horas. Caminé de un lado a otro de la cocina intentando hacerle entender a Blake el tipo de valor que aquellos objetos habían tenido para mí.
Por desgracia, lo conseguí. Se quedó sentado, desmoronado en el banco, con los codos sobre la mesa, protegiéndose los ojos de la linterna con las manos.
—No hace falta seguir con esto —dijo por fin.
—Me supera por completo, pero creo que te entiendo. Podrías haberme soltado este rollo patriótico un poco antes en el asunto. No sabía que valorabas esas cosas de manera diferente a cualquier otra con la que uno pueda tropezar: una mina de oro o un filón de turquesas.
—Supongo que le habrás dado mi diario junto con lo demás, ¿no?
—No —dijo Blake, con la voz cada vez más sombría y tenebrosa—, eso está en el Nido del Águila, donde lo ocultaste. Esa es tu propiedad privada. Yo suponía que tenía alguna participación en las reliquias que desenterramos... siempre hablabas de ese modo. Pero ahora veo que estuve trabajando para ti como un jornalero, y mientras estabas fuera vendí tu propiedad.
Volví a decir que no era mío ni suyo.
Sacó algo del bolsillo de su camisa de franela y lo puso sobre la mesa. Vi que era una libreta de ahorros, con mi nombre en la cubierta amarilla.
—Quédatelo —dije—. Nunca lo voy a tocar. No tenías ningún derecho a depositarlo a mi nombre. Los habitantes del pueblo están molestos por el dinero y se lo van a cobrar conmigo.
—No, no lo harán. ¿No puedes confiar en que lo arreglaré?