Bajamos el hato de ganado al pastizal de invierno en la última parte de noviembre.
A principios de diciembre apareció el capataz con generosas provisiones para Navidad. Esta vez traía con él a un sobrecargo, un viejo lastimoso y hecho polvo que había recogido en Tarpin, el pueblo ferroviario a treinta millas al noreste de nosotros, donde los Sitwell compraban sus provisiones.
Este viejo era un inglés náufrago, llamado Henry Atkins. Había sido ayuda de cámara, enfermero de hospital y cocinero, y durante muchos años fue camarero de comedor en la Anchor Line.
Últimamente había estado cocinando para un grupo de pastores de ovejas que pastaban en la tierra de ganado, donde no eran bienvenidos. Habían hecho algo turbio y tuvieron que irse a toda prisa. Dejaron al viejo Henry tirado en Tarpin, donde pronto se bebió todo su jornal. Cuando Rapp lo recogió allí, vivía de la caridad.
“Le he dicho que no podemos pagarle nada —explicó Rapp—. Pero si quiere quedarse aquí y cocinar para ustedes hasta mi próximo viaje, tendrá de comer en abundancia y un techo bajo el que resguardarse. Dormía en el establo de alquiler de Tarpin. Dice que es un buen cocinero, y pensé que podría animarles un poco las cosas para Navidad. No les molestará, no tiene ninguna de las mañas de un vagabundo; yo sé reconocer a un vagabundo cuando lo veo. La próxima vez que baje le traeré algo de ropa vieja del rancho, y podrán despedirlo si quieren. Todo su equipaje es ese paquete de periódico, y no hay dentro más que zapatos: un par de charol y un par de zapatillas de deporte. Lo importante es que jamás, bajo ningún concepto, se vayan ustedes dos a retozar y lo dejen con