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nydus/The Professor’s HousePublic
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IV

Eso le era más necesario que cualquier otra cosa en la vida, más necesario, incluso, de lo que su matrimonio lo había sido en su ferviente juventud. No podía volver a vivir con su familia⁠—ni siquiera con Lillian. ¡Especialmente no con Lillian! Su naturaleza era intensa y positiva; era como una superficie cincelada, un cuño, un sello sobre el cual él ya no podía seguir siendo golpeado y moldeado. Si su carácter se redujera a una divisa heráldica, sería una mano (una mano hermosa) sosteniendo flechas llameantes⁠—los dardos de sus violentos amores y odios, de sus ambiciones bien definidas.

«En las grandes desgracias —se decía—, la gente quiere estar sola. Tiene derecho a estarlo. Y las desgracias que ocurren en el interior de uno son las más grandes. Sin duda, lo más triste del mundo es dejar de amar, si uno alguna vez ha llegado a amar».

Caer en desgracia, para él, parecía significar caer fuera de todas las relaciones domésticas y sociales, fuera de su lugar en la familia humana, en verdad.

San Pedro no salió de casa aquella tarde. No abandonó su estudio. Se sentó a su escritorio con la cabeza inclinada, repasando su vida, intentando ver en dónde había cometido su error, para explicarse el hecho de que ahora quisiera huir de todo aquello que le había importado profundamente.

A altas horas de la tarde la pesadez del aire en la habitación lo empujó hacia la ventana. Vio que se avecinaba una tormenta. Grandes nubes naranjas y púrpuras venían sopladas desde el lago, y los pinos que estaban por el laboratorio de Física eran más negros que los cipreses y parecían encogidos, como si aguardaran algo. Rompió a llover y refrescó.

La tormenta había terminado en media hora, pero un fuerte temporal se había instalado para pasar la noche.

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