el almuerzo, y los científicos y embajadores no lo hacen cuando pueden evitarlo. Aceptaría tu invitación y, la próxima vez que fuera a cenar con el secretario de Estado, contaría una graciosa historieta al respecto y te pondría tan por las nubes que apenas te
Cuando le pregunté si era mejor que llevara mi cerámica—estaba allí bajo la mesa entre los dos—al Shoreham para enseñársela al señor Wagner, volvió a soltar una risita. «Yo no me molestaría. Si le enseñas suficiente cerámica del Shoreham, eso será más eficaz».
A la mañana siguiente, cuando el secretario llegó a su despacho, se detuvo junto a mi silla y me dijo que tenía entendido que habíamos quedado en vernos a la una. Era una buena idea, añadió: su mente estaba más libre cuando se alejaba de la rutina de la oficina.
Llevaba veintidós días en Washington cuando llevé a almorzar al secretario. Fue un almuerzo excelente. Tomamos