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nydus/The Professor’s HousePublic
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VI

el almuerzo, y los científicos y embajadores no lo hacen cuando pueden evitarlo. Aceptaría tu invitación y, la próxima vez que fuera a cenar con el secretario de Estado, contaría una graciosa historieta al respecto y te pondría tan por las nubes que apenas te

Cuando le pregunté si era mejor que llevara mi cerámica⁠—estaba allí bajo la mesa entre los dos⁠—al Shoreham para enseñársela al señor Wagner, volvió a soltar una risita. «Yo no me molestaría. Si le enseñas suficiente cerámica del Shoreham, eso será más eficaz».

A la mañana siguiente, cuando el secretario llegó a su despacho, se detuvo junto a mi silla y me dijo que tenía entendido que habíamos quedado en vernos a la una. Era una buena idea, añadió: su mente estaba más libre cuando se alejaba de la rutina de la oficina.

Llevaba veintidós días en Washington cuando llevé a almorzar al secretario. Fue un almuerzo excelente. Tomamos

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