Estas «formas» eran objeto de muchas bromas entre ambos. La que Augusta llamaba «el busto» se encontraba en el rincón más oscuro de la habitación, sobre un alto arcón de madera en el que cada año se guardaban las mantas y los abrigos de invierno.
Era un torso femenino sin cabeza ni brazos, cubierto de resistente algodón negro, y tan ricamente desarrollado en la parte que le daba nombre que el profesor le explicó una vez a Augusta cómo, al llamarlo así, ella obedecía a una ley natural del lenguaje, llamada, por comodidad, metonimia. A Augusta le gustaba el profesor cuando se ponía subido de tono, ya que estaba segura de su recato último.
Aunque esta figura parecía tan amplia y voluptuosa (como si uno pudiera apoyar la cabeza en su blandura de respiración profunda y descansar a salvo para siempre), si la tocabas sufrías una severa conmoción, por muchas veces que la hubieras tocado antes. Presentaba la superficie más antipática imaginable.
Su dureza no era la de la madera, que responde al golpe con una vibración viva y estimula la mano, ni la del fieltro, que absorbe algo de los dedos. Era una solidez muerta, opaca y abultada, como trozos de masilla o serrín prensado; muy decepcionante para el sentido táctil, pero que de algún modo siempre volvía a engañarte. Pues, por muy a menudo que te hubieras tropezado con aquel torso, nunca podías creer que el contacto con él fuera a ser tan malo como era.
La segunda forma era más reveladora de sí misma; una figura femenina de cuerpo entero con una elegante falda de alambre y una esbelta cintura metálica. No tenía piernas, como se podía ver demasiado bien, ni vísceras tras sus relucientes costillas, y su seno se asemejaba a una fuerte jaula de pájaros de alambre.