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nydus/The Professor’s HousePublic
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IV

pocos libros de su madre, una pequeña edición en dos volúmenes de Longfellow, de Ticknor and Fields, en azul y oro, que solía estar sobre la mesa del salón:

Para ti fue construida una casa Antes de que nacieras; Para ti fue hecho un molde Antes de que de mujer nacieras.

Tendido en su viejo sofá, casi podía creerse ya en aquella casa. Los muelles vencidos eran como la falsa tapicería que se pone en los ataúdes. Sencillamente la equívoca manera americana de lidiar con los hechos graves, reflexionó. ¿Para qué fingir que es posible ablandar ese último y duro lecho?

Podía recordar una época en que la soledad de la muerte lo aterraba, cuando la idea de esta le resultaba insoportable. Solía sentir que, si tan solo su esposa pudiera yacer en el mismo ataúd que él, su cuerpo no estaría tan insensible como para que la cercanía de ella no le brindara consuelo.

Pero ahora pensaba en la eterna soledad con agradecimiento; como una liberación de toda obligación, de toda forma de esfuerzo. Era la Verdad.

Una mañana, justo cuando san Pedro salía de casa para ir a su clase, el cartero le entregó dos cartas, una escrita con la letra de Lillian y otra con la de Louie.

Las metió en el bolsillo. El tacto de ambas lo turbó. Eran de una delgadez sospechosa; como si no contuvieran cotilleos divertidos, sino que anunciaran decisiones repentinas.

Emprendió la marcha calle abajo, oliendo el aire matutino refrescado por el lago e intentando superar una sensación de pánico nervioso.

Aquellas dos cartas permanecieron durante toda la mañana en su bolsillo interior. Aunque eran muy ligeras, su efecto fue hacer que dejara caer los

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