“El cielo sabe que me gustaría que Crane sacara algo de provecho, ¿pero cómo? ¿Cómo? He pensado mucho en este asunto y he culpado a Tom por hacer esa clase de testamento. No creo que se le pasara por la cabeza al muchacho que el testamento fuera a ser convalidado jamás. Él esperaba volver de la guerra y desarrollar el asunto por sí mismo. Dudo que Robert, con toda su sabiduría superior, hubiera conocido los recovecos mediante los cuales se podía comercializar la patente. Hizo falta mucho trabajo y una clase especial de habilidad para
—¡La habilidad de un vendedor! —La señora Crane se estaba poniendo desagradable.
“Como quieras; pero desde luego Robert no habría sido el hombre indicado para convencer a fabricantes y maquinistas, ni mucho menos yo.
Se invirtió muchísimo dinero también, antes de que empezara a dar frutos; cada centavo que tenía Marsellus y todo lo que pudo pedir prestado. Se jugó el tipo a lo grande. Crane y yo juntos nunca habríamos podido reunir ni la centésima parte del capital necesario para poner aquello en marcha.
Sin capital para echarlo a andar, la idea de Tom era simplemente una fórmula escrita en un papel. Había estado durante dos años en el laboratorio de tu esposo, y se habría quedado allí muchos años más antes de que él o yo hubiéramos hecho algo al respecto”.
El rostro sombrío de la señora Crane cobró más animación de la que él hubiera creído posible. > «¡Yacía allí porque pertenecía a allí, y fue hecho allí! A mi esposo se lo estafó un aventurero, y su amistad con usted