San Pedro se fue a casa muy satisfecho. No le mencionó al doctor Dudley la verdadera razón por la que había pedido un reconocimiento médico. Esas cosas no se mencionan. La sensación de que estaba cerca del final de su vida era una convicción instintiva, como la que tenemos cuando nos despertamos en la oscuridad y sabemos de inmediato que ya casi es de mañana; o cuando vamos caminando por el campo y de repente sabemos que estamos cerca del mar.
Llegaban cartas todas las semanas desde Francia. Lillian y Louie se turnaban, de modo que uno u otro le escribía en cada barco rápido.
Louie le contaba que, a donde fueran, cuando pasaban un día especialmente encantador, le compraban un regalo. En Trouville, por ejemplo, habían comprado docenas de los brillantes gorros de goma que a él le gustaba usar cuando iba a nadar. En Aix-les-Bains le encontraron una bata preciosa en una tienda china.
San Pedro estaba tranquilo respecto a todos ellos. Se alegraba de que estuvieran allí, y de que él estuviera aquí. Sus generosas cartas, escritas cuando había tantas cosas agradables que hacer, sin duda merecían más de una lectura.
Solía llevarlas al lago para releerlas. Después de salir del agua se tendía en la arena, sosteniéndolas en la mano, pero de algún modo sin apartar los ojos de los pinos, recortados como aplicaciones contra el agua azul, y de sus maduros conos amarillos, que goteaban resina y se apiñaban en las puntas puntiagudas como una masa de abejas doradas en época de en enjambre. Por lo general, se llevaba las cartas a casa sin leer.
Su familia le escribía constantemente sobre sus planes para el verano próximo, cuando iban a llevárselo con ellos. ¿El verano próximo? Se preguntaba el Profesor. … A veces pensaba que le gustaría volver a conducir hasta la mismísima fachada de Notre Dame, en París, y verla allí en pie como la Roca de los Siglos, mientras las frágiles generaciones rompían contra su base. No la había visto desde la guerra.