Después de desayunar salimos y nos sentamos al sol en un sitio donde la acera de madera pasaba por encima de un barranco de arena y hacía las veces de puente.
Hablé largo y tendido con él. Llevaba la maleta con el dinero que había ganado y al fin lo convencí de que fuera conmigo al banco. Depositamos hasta el último centavo en una cuenta de ahorros que no podría tocar en un año.
Desde aquella noche, Blake y yo fuimos uña y carne. Era esa clase de tipo que es capaz de hacerlo todo por los demás y nada por sí mismo.
Hay muchos así entre los obreros. El éxito no los ha educado en una especie de egoísmo sistemático.
Rodney no había tenido suerte en las relaciones personales. Se había escapado de casa cuando era un crío porque su madre se había vuelto a casar, con un hombre que la andaba rondando mientras su padre aún vivía. Se había prometido con una muchacha por la línea del Pacífico Sur, y ella lo traicionó, como él decía. Se fue al viejo México y dejó que sus amigos metieran todos sus ahorros en un pozo petrolero, y lo desplumaron.
Lo que necesitaba era un compadre, un tipo derecho a quien rendir cuentas. Yo era diez años menor, y eso fue una ventaja. Le gustaba hacer de hermano mayor. Supongo que el hecho de que yo fuera una especie de descarriado sin familia le facilitaba abrirse conmigo. De verdad llegó a encariñarse mucho conmigo, y yo con él.
Fue aquel invierno cuando me dio pulmonía. La señora O’Brien no pudo hacer gran cosa por mí; estaba desbordada, la pobre mujer, con una casa llena de hijos. Blake me llevó a su cuarto, y la anciana mexicana y él me cuidaron. Debería haber tenido hijos propios a quienes cuidar. La naturaleza está llena de esas sustituciones, pero a mí siempre me parecen tristes, incluso en la botánica.