El muchacho de Kansas que había regresado a St. Peter aquel verano no era un erudito. Era un primitivo. Solo le interesaban la tierra, los bosques y el agua.
Allí donde el sol calentaba y la lluvia llovía y la nieve nevaba, allí donde la vida brotaba y se descomponía, los lugares le resultaban iguales. No era ni con mucho tan culto como debieron de ser los antiguos habitantes de los acantilados de Tom, y sin embargo era terriblemente sabio. Parecía estar en la raíz de la cuestión; el Deseo bajo todos los deseos, la Verdad bajo todas las verdades.
Parecía saber, entre otras cosas, que estaba solo y que siempre debía estarlo; nunca se había casado, nunca había sido padre. Era tierra, y volvería a la tierra.
Cuando las nubes blancas soplaban sobre el lago como velas henchidas, cuando los siete pinos se ponían rojos con el sol poniente, sentía satisfacción y se decía simplemente: «Eso está bien».
Al tropezar con una raíz retorcida que se cruzaba en su camino, decía: «Eso es».
Cuando las hojas de arce a lo largo de la calle empezaban a volverse amarillas y céreas, y eran suaves al tacto —como la piel en los rostros ancianos—, decía: «Eso es verdad; ya es hora».
Todos estos reconocimientos le proporcionaban una especie de placer triste.
Cuando no estaba reconociendo con mudez y profundidad, sacaba de lo más hondo de su ser recuerdos largamente olvidados y sin importancia de su primera infancia, de su madre, de su padre, de su abuelo. Su abuelo, el viejo Napoleon Godfrey, solía andar por ahí perdido en una meditación profunda y continua, riendo a veces para sus adentros. De vez en cuando,