desvinculado; el viejo abuelo canadiense, varios hermanos y hermanas. Pero el gran hecho de la vida, la vía de escape siempre posible de la monotonía, era el lago. El sol emergía de él, el día comenzaba allí; era como una puerta abierta que nadie podía cerrar. La tierra y toda su modorra jamás podían acorralarte. Bastaba con mirar el lago para saber que pronto serías libre. Era lo primero que uno veía por la mañana, al otro lado del áspero pastizal de vacas salpicado de pinos desgreñados, y recorría los días como el clima, no como algo en lo que se pensaba, sino como parte de la conciencia misma. Cuando los bloques de hielo llegaban flotando en una mañana de invierno, desmoronadizos y blancos, despidiendo reflejos dorados y rosados bajo un sol cobrizo tras las nubes grises, él no observaba los detalles ni sabía qué era lo que lo hacía feliz; pero ahora, cuarenta años después, podía recordar todos sus aspectos a la perfección. Habían dejado imágenes grabadas en su interior cuando él no quería ni era consciente, cuando sus ojos simplemente estaban bien abiertos.
Cuando tenía ocho años, sus padres vendieron la granja junto al lago y se lo llevaron a él y a sus hermanos a rastras hasta las tierras trigueras del centro de Kansas. St. Peter casi se muere de aquello. Nunca pudo olvidar los pocos momentos en el tren en los que aquel azul repentino e inocente al otro lado de las dunas de arena se iba apagando para siempre ante sus ojos. Fue como hundirse por tercera vez. Ninguna angustia posterior, y había tenido lo suyo, penetró tanto ni pareció tan definitiva. Incluso durante sus largos y felices años de estudiante con la familia Thierault en Francia, aquella franja de agua azul era lo único que añoraba. En verano solía ir con los chicos Thierault a Bretaña o a la costa