Después de cenar, cuando encendíamos nuestras pipas y contemplábamos la puesta de sol, escalar la mesa era nuestro tema de conversación principal. Nuestro trabajo era pan comido; el trabajo real no habría tenido ocupado ni a un solo hombre. La gente de los Sitwell era buena con sus peones. John Rapp, el capataz, venía una vez al mes en su carro ligero para ver cómo andaba el ganado y traernos provisiones y paquetes de periódicos viejos.
Blake era un lector concienzudo de periódicos. Siempre quería saber qué pasaba en el mundo, aunque la mayor parte le disgustaba. Rumiaba sobre las grandes injusticias de su tiempo; el ahorcamiento de los anarquistas en Chicago, del que apenas podía acordarse, y el caso Dreyfus. Teníamos largas discusiones sobre lo que leíamos en los diarios, pero nunca nos peleábamos. El único problema que tuve con Blake fue lograr hacer mi parte del trabajo. Usaba mi salud como pretexto para encargarse de todas las tareas pesadas, mucho después de que yo estuviera tan bien como él. Me había llevado mi César, y le había prometido al padre Duchene leer cien líneas al día. Blake se aseguraba de que lo hiciera; me hacía traducirle en voz alta el material aburrido. Decía que si alguna vez sabía latín, no tendría que trabajar con la espalda toda la vida como un burro. Tenía un gran respeto por la educación, pero creía que era una especie de farsa que le permitía a un hombre vivir sin trabajar. Llevábamos con nosotros a Robinson Crusoe y el libro favorito de Roddy, Los viajes de Gulliver, del que nunca se cansaba.
A finales de octubre, Rapp, el capataz, vino para acompañarnos al campamento de invierno. Blake se quedó con el ganado a unas quince millas hacia el este, donde el pasto todavía era bueno, y Rapp y yo bajamos a ventilar la cabaña y guardar nuestras provisiones para el invierno.