una botella de Château d’Yquem. Nunca antes había oído hablar de un vino así, pero lo recuerdo porque costó cinco dólares. Yo solo bebí una copa, y eso también le agradó a él, pues se bebió el resto.
Aunque era amable y hablaba muchísimo, mi ánimo decaía cada vez más, pues no me dejaba explicarle mi misión en absoluto.
No hacía más decirme que lo sabía todo sobre el Sudoeste. El Smithsonian lo había enviado para guiar a grupos de arqueólogos europeos por todos los lugares de interés, Frijoles y el Cañón de Chelly, y Taos y los pueblos hopis.
Cuando cierto archiduque austríaco había ido a cazar a la sierra de Pecos, su jefe y el embajador alemán lo habían enviado para organizar el viaje, y lo había hecho con tanto éxito que tanto a él como al director les habían concedido condecoraciones de la corona austríaca en reconocimiento a sus servicios.