Todos aquellos días de verano, mientras el Profesor enviaba alegres relatos de sus actividades a su familia en Francia, en realidad estaba haciendo muy poco.
Había empezado, de manera desganada, a anotar el diario que Tom había llevado en la meseta, en el que había consignado los detalles del trabajo de cada día entre las ruinas, junto con el tiempo atmosférico y cualquier novedad en la rutina de su vida.
Había una descripción minuciosa de cada herramienta que encontraban, de cada trozo de tela y de cerámica, acompañada con frecuencia de un boceto a lápiz muy sugerente del objeto y de una conjetura sobre su uso y el tipo de vida en el que había desempeñado un papel.
Para St. Peter esta sencilla relación era casi hermosa, debido a las necedades que evitaba y a las cosas que no decía. Si las palabras hubieran costado dinero, Tom no las habría empleado con más parquedad.
Los adjetivos eran puramente descriptivos, referidos a la forma y al color, y se utilizaban para presentar los objetos en cuestión, no las emociones del joven explorador. Sin embargo, a través de esta austeridad se sentía la imaginación chispeante, el ardor y el entusiasmo del muchacho, como la vibración en una voz cuando el hablante se esfuerza por ocultar su emoción empleando únicamente frases convencionales.
Al llegar el primero de agosto, el profesor se dio cuenta de que había despilfarrado plácidamente casi dos meses en una tarea que le habría tomado poco más de una semana. Pero había estado haciendo muchas otras cosas, algo que nunca antes había podido hacer.
San Pedro siempre se había reído de la gente que hablaba de «ensoñaciones», del mismo modo que se reía de quienes confesaban