adoptar una neutralidad inofensiva. La estera del suelo estaba gastada y áspera. Contra la pared se encontraba una vieja mesa de nogal, con una tabla levantada, que sostenía montones de papeles ordenados. Ante ella había una silla de oficina con respaldo de caña que giraba sobre un tornillo. Esta oscura guarida había sido durante muchos años el estudio del Profesor.
Abajo, junto a la salita del fondo, tenía un estudio de fachada, con estanterías espaciosas donde guardaba su biblioteca y un escritorio de verdad en el que escribía cartas. Pero era una farsa.
Este era el lugar donde trabajaba. Y no él solo. Durante tres semanas en otoño, y otras tres en primavera, compartía su cuartucho con Augusta, la modista, sobrina de su antiguo casero, una solterona formal y metódica, alemana, católica y muy devota.
Como Augusta terminaba su jornada a las cinco, y el profesor, los días laborables, solo trabajaba allí por noche, no se estorban demasiado el uno al otro. Además, a ninguno de los dos le faltaba consideración.
Todas las tardes, antes de marcharse, Augusta barría los retales del suelo, enrollaba sus patrones, cerraba la máquina de coser y quitaba los hilos sueltos del diván, para que no quedara ninguna hebra que se pudiera pegar a la vieja chaqueta de fumar del profesor si a este se le ocurría tumbarse un momento durante las horas de trabajo.
San Pedro, a su vez, al apagar su lámpara pasada la medianoche, se cuidaba de limpiar las cenizas y las migas de tabaco —a Augusta le disgustaba mucho fumar— y de abrir la ventana abatible tanto como fuera posible, hasta el segundo gancho, para que el viento nocturno se llevara el olor de su pipa todo lo posible. Los vestidos inacabados que ella dejaba colgados en los maniquíes, sin embargo, a menudo estaban tan impregnados de humo que él sabía que para ella era un suplicio trabajar en ellos a la mañana siguiente.