El viento serviría de protección, pensó. Ni siquiera Augusta se aventuraría a subir las escaleras penosamente esta noche. Le parecía extraño temerle a Augusta, pero justo en ese momento de verdad le temía. Creía estar a salvo, por esta noche. Aunque solo eran las cinco, el cielo estaba negro y la habitación, oscura y fría. Encendió la estufa y se tendió en el diván. El fuego dibujaba un patrón de luz titilante en la pared. Se quedó mirándolo, con la mente en blanco; sin proponérselo, se durmió. Durante un buen rato durmió profunda y pacíficamente. Luego el viento, que arreciaba, lo despertó. Empezó a percibir ruidos: cosas que golpeaban y daban portazos por todas partes. Se volvió boca arriba y durmió todavía más profundamente.
Cuando san Pedro por fin despertó, la habitación estaba negriza y llena de gas. Tenía frío y estaba entumecido, se sentía mal y bastante aturdido. La largamente anticipada coincidencia había ocurrido, se dio cuenta. La tormenta había apagado la estufa y cerrado la ventana.
Lo que había que hacer era levantarse y abrir la ventana. Pero ¿y si no se levantaba—? ¿Hasta qué punto se le exigía a un hombre esforzarse en contra de un accidente? ¿Cómo se decidiría un caso así bajo la ley inglesa? No había levantado la mano contra sí mismo—¿se le exigía levantarla por sí mismo?