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nydus/The Professor’s HousePublic
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IV. La Meseta

Las vigas de cedro habían sido derribadas con hachas de piedra y alisadas con arena. Los pequeños postes tendidos sobre ellas, que sostenían el suelo de arcilla de la estancia superior, estaban pulidos con suavidad. Los dinteles de las puertas estaban cuidadosamente encajados (las puertas eran losas de piedra sujetas por barras de madera encajadas en grampiones). El revestimiento de arcilla que cubría los muros de piedra estaba tintado, y algunas estancias tenían frescos con patrones geométricos, un color superpuesto a otro. En una habitación había un borde pintado, pequeñas tiendas, como tipis indios, de un rojo brillante.

Pero lo realmente espléndido de nuestra ciudad, lo que hacía que fuera un placer trabajar en ella, y debió de ser un placer vivir en ella, era el entorno.

El pueblo pendía como un nido de pájaro en el acantilado, con vistas al cañón de cajón allá abajo, y más allá al ancho valle que llamábamos Cow Canyon, frente a un océano de aire limpio.

Una gente que tuvo la audacia de construir allí, y que vivía día tras día contemplando tanta grandeza, que iba y venía por aquellos senderos peligrosos, tenía que ser, como nos decíamos a menudo, una buena gente.

Pero ¿qué había sido de ellos? ¿Qué catástrofe los había abrumado?

No se habían mudado, pues no se habían llevado ninguna de sus pertenencias, ni siquiera la ropa. Oh, sí, encontramos ropa; mocasines de yuca y lo que parecía tela de algodón, tejida en blanco y negro. Nunca lana, sino pieles de oveja

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