reposo inmortal. Aquel pueblo se sentaba a contemplar el cañón con la calma de la eternidad. Los copos de nieve que caían, salpicando los piñones, le otorgaban una solemnidad muy particular. No puedo describirlo. Se parecía más a la escultura que a cualquier otra cosa. Supe de inmediato que había dado con la ciudad de alguna civilización extinta, escondida en esta mesa inaccesible durante siglos, conservada en el aire seco y la luz solar casi perpetua como una mosca en ámbar, custodiada por los acantilados, el río y el desierto.
Mientras me quedaba allí mirándolo, me pregunté si debía contárselo siquiera a Blake; si no debería volver al otro lado del río y guardar ese secreto tal como lo había guardado la mesa.
Cuando al fin me alejé, vi todavía otro cañón que se ramificaba a partir de este, y en su pared otro arco más, con otro grupo de edificios. La idea me golpeó como un balazo: esta mesa había sido antaño como una colmena; estaba llena de pequeños pueblos colgados en los acantilados, había sido el hogar de una tribu poderosa, de una civilización singular.
Esa noche, cuando llegué a casa, Blake estaba en la orilla del río esperándome. Le dije que prefería no hablar de mi viaje hasta después de cenar, que estaba agotado. Creo que tenía la intención de recriminarme por haberme escapado, pero no lo hizo. Pareció darse cuenta desde el primer momento de que aquello era un asunto serio para mí, y lo aceptó de esa manera.
Después de cenar, cuando habíamos encendido las pipas, les conté a Blake y a Henry con la mayor claridad posible cómo era aquello, y lo estuvimos discutiendo. El pueblo en los acantilados explicaba las acequias de riego. Como todos los indios pueblo, esta gente había tenido sus granjas lejos de sus viviendas. Para tener un bastión necesitaban roca, y para la agricultura, tierra blanda y una conducción de agua.