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nydus/The Professor’s HousePublic
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III. El pastizal de invierno

temblaba bastante. * Dio el paso con mucho cuidado y, cuando el agua le llegó muy hondo, nadó sin entrar en pánico. La corriente nos arrastró río abajo un poco, pero no tuve que deslizarme de su lomo. Al rato encontró fondo y desembarcamos sin dificultad. Me despedí de Henry con la mano desde la otra orilla y comencé a subir por el cañón, corriendo junto a mi caballo para

El cañón era ancho a la orilla del agua, y aunque se retorcía hacia el interior de la meseta con giros bruscos, conservaba este carácter abierto y espacioso.

Era, en verdad, un valle muy profundo de laderas suavemente inclinadas, agrestes y rocosas, pero bien provistas de pasto. Había un sendero claro. Los caballos no tienen sentido común para abrir un camino, pero se puede confiar en el ganado para encontrar la ruta más fácil posible y tomar las pendientes más suaves.

La roca azulada y el pasto bronceado por el sol, bajo el inusual gris purpúreo del cielo, le daban a todo el valle un color muy suave, lavanda y oro pálido, de modo que los cedros esporádicos que crecían junto a los peñascos se veían negros aquella mañana.

Tal vez fuera el indicio de nieve en el aire, pero me parecía que nunca antes había respirado nada que supiera tan puro como el aire de aquel valle. Hacía que la boca y las fosas nasales me escocieran como agua carbonatada, parecía subírseme un poco a la cabeza y producir una especie de exaltación. No paraba de decirme que era muy diferente del aire del otro lado del río, aunque ese fuera bastante puro e incontaminado.

Cuando hube avanzado una milla más o menos cañón arriba, di con otro que se abría hacia el norte: un cañón sin salida, de índole muy distinta. Allí no había pendiente suave. Las paredes eran perpendiculares, cuando

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