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nydus/The Professor’s HousePublic
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II

El pastizal de invierno me gustaba más que cualquier otro lugar en el que hubiera estado nunca. Nunca salí por la puerta de la cabaña por la mañana en busca de agua sin sentir un frescor de júbilo por nuestros acogedores aposentos, el río y la vieja mesa de allí arriba, con su cima ardiendo como una hoguera. Quería ver cómo era el otro lado, y muy pronto me tomé un día libre y crucé el río vadeándolo por donde era ancho y poco profundo, al norte de nuestro campamento. Cabalgué dando toda la vuelta a la mesa hasta que volví a encontrarme con el río por donde fluía bajo la falda sur.

En aquel paseo obtuve una mejor idea de su estructura real. Por todas partes se extendían los mismos acantilados escarpados de dura roca azul, pero en algunos sitios esta se mezclaba con una piedra mucho más blanda. En estas vetas blandas había profundos cauces secos que sin duda se podían escalar hasta donde llegaban, aunque en ninguna parte alcanzaban la cima de la mesa.

La cima parecía ser una gran losa de roca muy dura, apoyada sobre la masa mixta de la base como el tablero de una mesa de mármol a la antigua usanza. Los canales desgastados por el agua ascendían cientos de pies por los acantilados, pero siempre se detenían bajo esta gran cornisa rocosa, que sobresalía por encima de las erosiones a modo de repisa de granito.

Evidentemente, era debido a esta capa superior intacta por lo que la meseta era inaccesible. Aquella noche regresé al campamento convencido de que, si alguna vez la escalábamos, tendríamos que tomar la ruta que seguía el ganado, a través del río y subiendo por el único cañón que descendía hasta el nivel del agua.

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