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nydus/The Professor’s HousePublic
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I

aquellos años cuando él comenzó su gran obra; cuando el deseo de realizarla y las dificultades inherentes a semejante proyecto luchaban en su mente como los dos nadadores exhaustos de Macbeth⁠—años en los que tuvo el valor de decirse a sí mismo: «¡Haré esto deslumbrante, esto hermoso, esto absolutamente imposible!».

Durante los quince años que llevaba trabajando en sus Aventuras españolas en Norteamérica, esta habitación había sido su centro de operaciones. Había habido deliciosas excursiones y digresiones; los dos años sabáticos que pasó en España estudiando documentos, dos veranos en el Suroeste siguiendo el rastro de sus aventureros, otro en el Viejo México, escapadas a España —revisar: a Francia— para ver a sus hermanos de crianza. Pero las notas, los documentos y las ideas siempre volvían a esta habitación. Era aquí donde se digerían, se clasificaban y se tejían en su lugar correspondiente dentro de su historia.

Bien considerado, el cuarto de costura era el estudio más incómodo que un hombre podía tener, pero era el único lugar de la casa donde podía conseguir aislamiento, protección frente al atrayente drama de la vida doméstica. Nadie andaba pisándole los talones y solo una vaga sensación, por lo general agradable, de lo que sucedía abajo subía por la angosta escalera. Ciertamente no había otras ventajas. El calor de la calefacción central no llegaba al tercer piso. No había forma de calentar el cuarto de costura, excepto mediante una estufa de gas redonda y oxidada, sin chimenea, una estufa que quemaba el gas de manera imperfecta y contaminaba el aire. Para remediar esto, la ventana debía dejarse abierta; de lo contrario, con el techo tan bajo, el aire pronto se volvería inrespirable. Si se bajaba la intensidad de la estufa y se dejaba la ventana un poco abierta, una repentina ráfaga de viento apagaba por completo aquel trasto y un hombre profundamente absorto podía asfixiarse antes de darse cuenta.

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