compromiso para esta noche. Tú y Queridito van a la ópera; ¡oh, no con nosotros! Tenemos otros pescados que vender. Van a ir solos”.
—¡Muy bien, Louie! ¿Y qué dan esta noche?
“Mignon. Te recordará tus días de estudiante en París.”
“Lo hará. Siempre tenía abono en la Opéra Comique, y Mignon la ponían con frecuencia. Es una de mis favoritas”.
“¡Eso pensaba yo!” Louie besó a ambas damas para expresar su satisfacción.
El profesor se había olvidado de sus escrúpulos acerca de aceptar hospitalidades tan generosas. En realidad, estaba muy contento de tener ventanas al lago y de no tener que irse a otro hotel. Después de que los Marsellus se fueron a su propio apartamento, le comentó a su esposa, mientras desempacaba su maleta, que era mucho más cómodo estar en el mismo piso que Louie y Rosamond.
“Mucho mejor que andar tomando taxis por todo Chicago para encontrarnos con ellos a cada rato, ¿verdad?”
A las ocho él y su mujer ocupaban sus localidades en el Auditorium. La obertura le arrancó una sonrisa a los labios y un talante benévolo al corazón. La música seguía pareciéndole extraordinariamente fresca y sincera. Podría volverse anticuada, se decía, pero nunca vieja, ciertamente, mientras quedara algo de juventud en los hombres. Era una expresión de juventud —eso, y nada más; con la dulzura y la insensatez, el acento persistente, los acentos pesados— la delicadeza también— propios de aquella época. Tras la entrada del héroe, Lillian se inclinó hacia él y le susurró: —¿Soy demasiado crédula? Me parece exactamente igual a los retratos del joven Goethe.
“Y a mí también me hace lo mismo. Es sin duda tan alto como Goethe. No sabía que los tenores fueran nunca tan altos. La Mignon también