la roca. Estaba fijada con cemento y, al aflojarla, descubrimos que daba a una pequeña y oscura cámara. En su interior había habido una plataforma de finos postes de cedro colocados uno al lado del otro, pero se había desmoronado. Entre los restos había tres cuerpos, un hombre y dos mujeres, envueltos en fibra de yuca, todos en la misma postura y aparentemente preparados para el entierro. Eran los cuerpos de personas ancianas. Creíamos que pertenecían a los ancianos que se quedaban atrás cuando la tribu bajaba a vivir a sus granjas en la temporada estival; que habían muerto en ausencia de los aldeanos y habían sido colocados en esta cámara mortuoria a la espera del regreso de la tribu, momento en el cual se celebrarían sus ritos funerarios. Probablemente esta gente incineraba a sus muertos. Por supuesto, un arqueólogo habría podido decir mucho sobre aquella civilización a partir de esos cuerpos. Pero nunca llegaron ante un arqueólogo—al menos, no en este lado del mundo.
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IV. La Meseta
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