No hace mucho, cuando los estudiantes representaban un desfile histórico para conmemorar las hazañas de un primitivo explorador francés por los Grandes Lagos, le pidieron a St. Peter que les hiciera una ilustración, y él había preparado una que le divertía muchísimo, aunque no tuviera nada que ver con el tema.
Posó a sus dos yernos en una tienda revestida de tapices, para una conferencia entre Ricardo Plantagenet y Saladino, ante los muros de Jerusalén. Marsellus, con una bata verde y un turbante, estaba sentado a una mesa con un mapa, con las manos extendidas en una argumentación razonable y paciente. El Plantagenet estaba de pie, con el casco con penacho en la mano, la cuadrada cabeza rubia altaneramente erguida, las cejas irreflexivas fruncidas con fiereza, los labios curvados y el rostro fresco lleno de arrogancia.
El cuadro no había recibido ninguna atención especial, y la señora St. Peter había dicho secamente que temía que nadie hubiera pillado su pequeña broma. Pero al profesor le gustaba su cuadro, y pensaba que era bastante justo para ambos jóvenes.