Toda la tarde se había sentado allí a la mesa donde ahora Augusta leía, pensando en su vida, tratando de ver dónde había cometido su error.
Tal vez el error residía simplemente en una actitud mental. Nunca había aprendido a vivir sin deleite. Y tendría que aprender a hacerlo, del mismo modo que, en un país con Ley Seca, suponía que tendría que aprender a vivir sin jerez.
Teóricamente sabía que la vida es posible, tal vez incluso placentera, sin alegría, sin dolores apasionados. Pero nunca se le había ocurrido que pudiera tener que vivir así.
Aunque había estado desanimado durante todo el verano, dijo la verdad cuando le aseguró al doctor Dudley que no había estado melancólico. No había pensado en el suicidio más de lo que había pensado en malversar fondos. Siempre lo había considerado una falta social grave, excepto cuando ocurría en tiempos muy aciagos, como una forma de protesta.
Sin embargo, cuando se vio enfrentado a una extinción accidental, no había sentido deseos de resistirse, sino que había dejado que el azar siguiera su curso, como lo había hecho tantas veces con él. No recordaba haberse levantado de un salto del sofá, aunque sí recordaba una crisis, un momento de estrangulamiento agudo y agonizante.
Su liberación temporal de la conciencia parecía haber sido beneficiosa. Había dejado ir algo —y ya no estaba—: algo muy valioso, que probablemente no habría podido ceder conscientemente. Dudaba que su familia llegara a darse cuenta de que él no era el mismo hombre del que se habían despedidos; estarían demasiado felizmente ocupados con sus propios asuntos. Si su apatía los hería, no podían salir tan heridos como él ya lo había sido. Al menos, sentía el suelo bajo sus pies. Creía saber dónde estaba, y que podía afrontar con fortaleza el Berengaria y el futuro.