Todas las cosas más importantes de su vida, reflexionaba a veces san Pedro, habían sido determinadas por el azar.
Su educación en Francia había sido un accidente. Su vida matrimonial había sido feliz en gran parte debido a una circunstancia con la que ni él ni su esposa habían tenido nada que ver.
Habían sido jóvenes con buenas cualidades y muy enamorados, pero no habrían podido ser felices si Lillian no hubiera heredado una pequeña renta de su padre —apenas unas mil seiscientas libras al año, pero eso había significado una diferencia abismal—.
Unos cuantos interregnos memorables entre sirvientes le habían hecho saber que Lillian no sabía apretarse el cinturón, ni andar desaliñada, ni hacer las faenas de la casa, como hacían las esposas de algunos de sus colegas. En tales condiciones se convertía en otra persona, y en una amargada.
Tom Outland había sido un golpe del azar que jamás habría podido imaginar; su extraña llegada, su extraña historia, su devoción, su temprana muerte y su fama póstuma: todo aquello era fantástico. Fantástico también que este chico vagabundo amasara una fortuna para alguien cuyo nombre jamás había oído, para «un extravagante y errabundo forastero». El Profesor pensaba a menudo en aquel estallido curiosamente amargo del barítono en el Réquiem de Brahms, que acompaña a las palabras: «¡Amontona riquezas y no sabe quién las dispersará!». La vehemencia de este pasaje le había parecido injustificada hasta que lo leyó a la luz de la historia de su propia familia.
San Pedro creía que la suerte le había tratado bien. No elegiría volver a vivir su vida; tal vez no tuviera tanta buena fortuna otra vez. Había