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nydus/The Professor’s HousePublic
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II

Una tarde andaba cazando pavos silvestres. Justo cuando el sol empezaba a bajar, atravesé un mar de chamizos, todavía amarillos, y los rayos horizontales de la luz, jugando entre ellos, resaltaban el contorno del suelo con gran nitidez.

Noté una serie de montículos rectos, como surcos de arado, que iban desde el río tierra adentro. Era demasiado tarde para examinarlos. Corté un sauce arbustivo y clavé una estaca en una de las crestas para señalarla.

Al día siguiente llevé una pala a la plantación de chamizos y escavé en el suelo arenoso. Topé con una antigua acequia principal, inconfundible, revestida de cantos rodados duros y lisos y de cemento de adobe, con compuertas por donde el agua se había desaguado en zanjas. A lo largo de estas acequias saqué algunos trozos de cerámica, todos rotos, puntas de flecha y un pico de piedra muy pulido y bien acabado.

Aquella noche no volví a la cabaña, sino que llevé mis muestras a Blake, que todavía estaba al norte con el ganado.

Desde luego, ambos sabíamos que había habido indios por toda esta región, hacía tiempo que los indios no usaban herramientas de piedra. Debió de haber aquí una colonia de indios pueblo en la antigüedad: residentes fijos, como los indios taos y los hopis, no errantes como los navajos.

Para los que están solos, como lo estábamos nosotros, hay algo conmovedor en encontrar indicios de labor y esmero humanos en la tierra de un país vacío. Te llega a modo de mensaje, te hace sentir de otra manera respecto al terreno que pisas todos los días.

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