favor; de hecho, no le quedaban parientes vivos. Hacia el final de la guerra empezamos a percibir la importancia de lo que Outland había estado haciendo en su laboratorio (yo soy ingeniero eléctrico de profesión). Pedimos la ayuda de expertos y trasladamos la idea del laboratorio al ámbito comercial. Los beneficios económicos han sido y son, por supuesto, cuantiosos”.
Mientras Louie se detenía lo suficiente para tener cierto trato con el asado antes de que se lo llevaran, sir Edgar comentó que él mismo había estado en el Servicio Aéreo durante la guerra, en el departamento de construcción, y que resultaba de lo más extraordinario dar así por casualidad con la génesis del motor Outland.
—Verá —le dijo Louie—, Outland no sacó nada de aquello más que muerte y gloria. Es natural que nos sintamos terriblemente en deuda. Creemos que nuestro primer deber en la vida es usar ese dinero como él habría deseado; hemos dotado becas en su propia universidad aquí, y cosas por el estilo. Pero nuestra casa queremos que sea una especie de monumento en su honor. Vamos a trasladar allí su laboratorio, si la universidad lo permite, todo el aparato con el que trabajó. Tenemos una habitación para su biblioteca y sus cuadros. Cuando sus colegas científicos vengan a Hamilton a buscarlo, a recabar información sobre él, como ya están haciendo ahora, en Outland encontrarán sus libros y sus instrumentos, todas las fuentes de su inspiración.
—Hasta Rosamond —murmuró McGregor, con los ojos fijos en su ensalada verde y fresca. Luchaba contra el deseo de gritarle al británico que Marsellus jamás había sobrado con ver a Tom Outland, mientras que él, McGregor, había sido su compañero de clase y amigo.
Sir Edgar estaba tan interesado como desconcertado. Había venido aquí para hablar de manuscritos encerrados en ciertos monasterios mohosos de España, pero casi los había olvidado debido al giro que había tomado