“¿Por qué es, Godfrey? No veo ningún cambio en tu rostro, a pesar de que te observo muy de cerca. Está en tu mente, en tu estado de ánimo. Algo se ha apoderado de ti. ¿Es meramente que sabes demasiado, me pregunto? ¿Demasiado para ser feliz? Siempre fuiste la persona más sabia del mundo. ¿Qué es?, ¿no puedes decírmelo?”.
“No sabría decírtelo del todo, Lillian. No es enteramente una cuestión de calendario. Es la sensación de que he dejado atrás una gran cantidad de cosas, a donde ya no puedo volver, y la verdad es que tampoco deseo regresar. El camino sería demasiado largo y agotador. Tal vez, para ser un hombre hogareño, he vivido con bastante intensidad. No quise escatimar nada: ni a ti, ni a mi escritorio, ni a mis alumnos. Y ahora me siento rematadamente cansado. Uno paga, ya sea a la ida o a la vuelta. Un hombre solo tiene una cantidad determinada de energía dentro; cuando se le acaba, se desploma. Hasta el primer Napoleón lo hizo”.
Ambos se rieron. Era una broma vieja: el secreto más oscuro del profesor. En la pila bautismal lo habían llamado Napoleón Godfrey St. Peter. Siempre había habido un Napoleón en la familia, desde que un lejano abuelo obtuvo la baja de la Grande Armée. Godfrey había abreviado su nombre en Kansas, y ni siquiera sus hijas sabían cuál había sido originalmente.
—Creo, ya sabes —le dijo a su mujer mientras se levantaba para irse a la cama—, que recobraré el segundo aliento. Pero por el momento no quiero nada muy estimulante. París es demasiado hermosa y está demasiado llena de recuerdos.