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nydus/The Professor’s HousePublic
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XVII

Lillian y los Marsellus zarparon hacia Francia a principios de mayo. El profesor, a solas, tuvo tiempo de sobra para rociar sus rosales, y su jardín nunca había estado tan hermoso como aquel mes de junio.

Terminadas sus obligaciones universitarias, introdujo a escondidas su cama y su ropa en la vieja casa y se instaló en una apacible vida de soltero. Se dio cuenta de que debía ponerse a trabajar. El jardín, en el que pasaba sentado todo el día, ya no era una excusa válida para apartarse de su estudio.

Pero la tarea que le aguardaba allá arriba era difícil. Era una nimiedad, pero una de esas nimiedades en las que la mano se vuelve autoconsciente, se siente rígida y torpe.

Era su plan dedicar parte de aquel verano al diario de Tom Outland: editarlo y anotarlo para su publicación. El fastidio era que tenía que escribir una introducción. El diario abarcaba apenas unos seis meses de la vida del muchacho, un verano que pasó en la Mesa Azul, y en él casi no había nada sobre el propio Tom. Para significar algo, debía ir precedido de un esbozo de Outland y de cierta reseña de su vida posterior y sus logros. Escribir sobre su labor científica sería comparativamente fácil. Pero esa no era toda la historia; el suyo era un espíritu multifacético, aunque de personalidad sencilla y directa.

Por supuesto, la señora St. Peter había insistido en que él no era del todo sincero; pero eso era meramente porque no era del todo coherente. Como investigador era perspicaz y realista; pero en las relaciones personales tendía a ser exagerado y quijotesco. Idealizaba a la gente que amaba y rendía homenaje al ideal más que al individuo, de modo que su

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