coronilla; es sin duda lo mejor que tiene». Esa parte de su cabeza era alta, pulida, dura como el bronce, y el cabello negro y cerrado despedía un destello de luz a lo largo del lomo redondeado donde el cráneo era más abultado. El molde de su cabeza en el lateral era tan individual y definido, tan alejado de lo casual, que se parecía más a la cabeza de una estatua que a la de un hombre.
Por una de las ventanas desmontadas, el Profesor casualmente miró hacia su jardín trasero y, ante aquel alegre espectáculo, bajó rápidamente las escaleras y huyó del aire polvoriento y la luz brutal de las habitaciones vacías.
Su jardín amurallado había sido el consuelo de su vida, y era lo único que sus vecinos le reprochaban. Empezó a construirlo poco después del nacimiento de su primera hija, cuando su mujer empezó a ponerse intratable porque él pasaba tanto tiempo en el lago y en la pista de tenis. En esta empresa recibió ayuda y aliento de su casero, un granjero alemán jubilado, bondadoso y tolerante con todo excepto con gastar dinero. Si al profesor se le daba por tener un nuevo bebé en casa, o una cena de facultad, o una enfermedad en la familia, o cualquier gasto extraordinario, Appelhoff esperaba el alquiler alegremente; pero pagar por reparaciones, eso no. Cuando se trataba del jardín, sin embargo, el viejo a veces cedía un poco. Ayudaba a su inquilino con semillas, esquejes y buenos consejos, y con su espalda retorcida. Incluso gastó un poco de dinero para sufragar la mitad de los gastos del muro de estuco.
El Profesor había logrado hacer un jardín francés en Hamilton. No había ni una brizna de hierba; era un ordenado medio acre de grava brillante, arbustos brillantes y flores luminosas. Había árboles, por supuesto; un castaño de Indias de ramas extendidas, una hilera de esbeltos álamos de Lombardía al fondo, junto al muro blanco, y en el medio dos tilos simétricos de copa redonda. Masas de zarzaparrilla crecían en los rincones, con los tallos espinosos entrelazados y recortados hasta parecer