detrás de ella. Entonces la mesa era como una gran roca negra como la tinta contra un cielo en llamas.
No es de extrañar que aquello nos molestara y nos tentara; estaba siempre ante nosotros, y siempre estaba cambiando.
Tormentas negras y furiosas solían levantarse desde detrás de la meseta y abalanzarse sobre nosotras como una pantera sin previo aviso. Los relámpagos jugueteaban a su alrededor y la atravesaban a puñaladas de modo que siempre esperábamos que prendieran fuego al matorral. Jamás he oído truenos tan fuertes como los de allí.
Los acantilados nos devolvían el eco, y pensábamos que la meseta misma, por muy maciza que pareciera, debía de estar llena de profundos cañones y cavernas, para explicar aquel prolongado gruñido y estruendo que seguía a cada trueno. Una vez pasado el estallido en el cielo, la meseta seguía resonando como un tambor, y parecía estar ella misma murmurando y haciendo ruidos.