el ganado. Ni por una hora, que conste. No tiene suficientes fuerzas y le falta cabeza”.
La vida era una fiesta para Blake y para mí después de conseguir al viejo Henry. Era un cocinero maravilloso y un buen amo de llaves. Mantenía aquella cabaña reluciente como una casita de juguete; solía decorarla con ramas de piñón y adornaba los estantes de la cocina con periódicos recortados en patrones caprichosos. Había aprendido a hacer catres cuando era camillero en un hospital, y hacía que nuestras literas se sintieran como una cama de Harvey House. Hasta el día de hoy, eso es lo mejor que puedo decir de cualquier cama.
Y era un viejo tan educado y cortés; sencillo y bondadoso como un niño. A mí solía asombrarme cómo alguien tan inocente e indefenso se había apañado para salir adelante, para mantenerse con vida durante casi setenta años en un mundo tan duro como este.
- Cualquiera podía aprovecharse de él.
- No le guardaba rencor a ninguna de las personas que lo habían tratado mal.
Le encantaba hablar de la gente famosa de la que había sido mayordomo y de las generosas propinas que le habían dado. Allí con nosotros, donde no podía conseguir whisky, era un modelo de buen comportamiento.
«El trago es mi debilidad, por decirlo así», comentaba de vez en cuando a modo de disculpa.
Se afeitaba todas las mañanas y estaba impecable. Llegamos a tomarle mucho cariño, y los tres éramos una familia feliz.
Desde que habíamos bajado nuestro hato al campamento de invierno, el ganado cimarrón de la mesa se dejaba ver más. Bajaban a beber al río con más frecuencia y merodeaban por allí, pastando tanto en aquel cañón