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nydus/The Professor’s HousePublic
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VI

Había oído todo lo que quería oír. Fui al hotel, conseguí una habitación y me recosté sin desvestirme para esperar la luz del día. Hook iba a llevarme a mí y a mi baúl a la meseta temprano a la mañana siguiente.

Todo por lo que había pasado en Washington no era nada comparado con lo que pasé aquella noche. Pensé que Blake debía haber perdido la cabeza. Ni por un minuto creí que hubiera tenido la intención de traicionarme, pero maldije su estupidez y su presunción.

Nunca le había dicho exactamente lo que sentía por aquellas cosas que habíamos desenterrado juntos; era de esas cosas de las que uno no habla directamente. Pero él tenía que saberlo; no podría haber vivido conmigo todo el verano y el otoño sin saberlo. Y, sin embargo, hasta esa noche, yo mismo no había sabido que me importaban más que cualquier otra cosa en el mundo.

Al primer parpadeo del día salté de mi maldita cama y fui al establo a sacar a Hook de su litera. Desayunamos y salimos del pueblo con su mejor yunta.

De camino a la mesa sufrimos una avería; una de las viejas ruedas secas se hizo añicos. Hook tuvo que desenganchar y volver a caballo a Tarpin por otra. Todo llevó un tiempo irrazonable, y la tarde iba ya por la mitad cuando me dejó a mí y a mi baúl al pie del sendero del Gran Cañón.

Cada pulgada de ese sendero me era querida, cada delicada curva en torno a las viejas raíces de piñón, cada trazo arriesgado a lo largo de los acantilados y los profundos recodos hacia la maleza y el refugio.

Los arbustos de grosella silvestre estaban en flor, y por donde el sendero subía por la ladera de un barranco estrecho, el perfume de estos bajo el sol era tan intenso que me ablandó, que me dio ganas de tumbarme a dormir. Quería verlo y tocarlo todo, como los niños nostálgicos cuando vuelven a casa.

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